Querida Venezuela:
Hoy la tierra tembló. Hoy el suelo que has pisado con tanta fuerza se movió con una furia que nadie esperaba. Pero hay algo que ningún terremoto, por más fuerte que sea, podrá jamás mover: tu fe, tu esperanza y la mano de Dios que siempre camina contigo.
Sí, el dolor es grande. Sí, las lágrimas mojan los rostros. Sí, hay escombros donde antes había hogares y abrazos que aún no se encuentran. Pero también hay brazos que cavan entre las ruinas buscando vida. También hay voces que cantan en medio del polvo. También hay niños que, entre lágrimas, levantan sus manos al cielo y dicen: «Señor, aquí estamos, no nos sueltes».
Y Él no los suelta. Dios no ha soltado a Venezuela.
Porque cuando todo parece derrumbarse, es cuando se ven los cimientos verdaderos: la solidaridad que brota como agua en el desierto, el vecino que corre a ayudar sin preguntar nombres, la familia que se abraza más fuerte que nunca. Eso, querida Venezuela, es lo que nadie puede destruir.
Hoy, más que nunca, levanta tu mirada. No mires solo el polvo, mira el cielo. No escuches solo el llanto, escucha la oración que sube desde cada rincón de tu tierra. Dios sigue siendo nuestro refugio, nuestro amparo, nuestra roca firme cuando todo tiembla.
Venezuela, no estás sola. Millones de corazones en el mundo laten hoy al ritmo del tuyo. Millones de manos se juntan en oración por ti. Millones de ojos miran hacia ti con amor. Porque tu lucha es nuestra lucha, tu dolor es nuestro dolor, y tu esperanza es nuestra esperanza.
Levántate, pueblo valiente. La reconstrucción no será fácil, pero con Dios de la mano, nada es imposible. Piedra sobre piedra, abrazo tras abrazo, día tras día, volverás a ponerte de pie. Porque esa es tu esencia: un pueblo que no se rinde, que cree, que espera y que ama.
«No temas, porque yo estoy contigo; no desmayes, porque yo soy tu Dios que te esfuerzo; siempre te ayudaré, siempre te sustentaré con la diestra de mi justicia» (Isaías 41:10).
Esa promesa es para ti, Venezuela. Para cada familia que llora, para cada rescatista que no descansa, para cada niño que aún espera. Dios está contigo. Siempre.
Y nosotros, desde aquí, estamos contigo. Con nuestra oración, con nuestro apoyo, con nuestro amor. Porque Venezuela no es solo un país: es un corazón que late fuerte en el pecho de América.
¡Fuerza, Venezuela! ¡Fe, Venezuela! ¡Adelante, con Dios de la mano!
En momentos como estos una palabra de apoyo significa mucho